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MI REY
 

FRAGMENTO

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El destino, 
esa vulgar mano invisible,
una vez puso en mi camino a alguien
del que me enamoré de repente tras pasar
muchos años en la distancia más cercana.
Sin embargo, esa persona sólo me odiaba
y prefería perderme de vista.
Por más que lo intenté, sólo pude hablar con ella
mediante actos a los que les forcé la llegada.
Por eso, entre estas páginas, quiero tener
aquello que, aunque nunca podría ser,
mi mente me hizo tener.

 

1. Monotonía
 

Recogí las docenas de folios que habían caído al suelo tras mi choque de hombros con un compañero y, con cara de asqueada, entré en el ascensor. Pulsé el tercer botón y esperé a que me dejara en la planta que deseaba. En cuanto se abrieron las puertas, salí de aquel ataúd hidráulico y caminé esquivando hombres en traje por toda la oficina.

 

Llegué a mi mesa y examiné la pila de informes que aguardaban sobre la tabla a ser aprobados. Suspiré y, presionando el enter de mi teclado, reinicié la sesión en el ordenador.

 

Terminé de redactar un correo para el jefe del departamento de contabilidad y, tras examinar una a una las palabras y aprobar sus párrafos, presioné el botón azul de la pantalla que rezaba un «enviar» escrito en letras blancas.

 

Tras de mí había un gran ventanal. De vez en cuando, con aires de evadirme de la monotonía que consumía mis días, miraba hacia atrás y vislumbraba la maravilla edificada a mis pies. Entre tanto edificio, sólo era capaz de distinguir el Sánchez-Pizjuán. A veces, solía levantar la mirada y observar a través de la cristalera que había en el lado oeste del edificio. Desde allí podía otear el Guadalquivir abrazando a la ciudad como de costumbre.

 

Un hombre en traje, aquel que se hacía llamar «mi jefe», se acercó hasta mi mesa y, pronunciando mi nombre, me devolvió al mundo real, aquel que había abandonado hacía unos minutos.

 

—¡Sofía! —Sacudí la cabeza y clavé mis ojos en los suyos—. ¿Has hecho ya los informes de la contabilidad?

 

Asentí con la cabeza para evitar tener que dar más explicaciones.

 

—Recuerda que los tienes que entregar antes del jueves. Aún no me ha llegado nada.

 

Lógico, aún no te los he mandado.

 

Pensé mientras observaba las arrugas que se dibujaban sobre su frente.

 

—Es que he estado un poco liada y no he tenido tiempo para mandártelos. Pero no te preocupes, hoy los tienes en el mail.

 

Me dio las gracias y volvió a encerrarse en aquel cuarto oculto por cortinas en el que pasaba sus jornadas laborales no sabíamos haciendo qué.

 

Odiaba mi trabajo. ¡Sí! Lo odiaba. Y mucho. Consumía mi juventud, esa poca que me quedaba y que estaba malgastando sentada ocho horas en una silla de cuero de imitación. Pero no me quedaba otra. Tenía que sacar mi vida adelante y, antes de subir a lo más alto, debía empezar en el subsuelo. Al menos esto era lo único que me daba dinero, así que no me podía permitir el lujo de dejarlo escapar.

​

​

2. Postrabajo
 

Las agujas del reloj que colgaba sobre una de las paredes de la oficina marcaron las cinco en punto de la tarde. Dejé todo a medias y me ocupé en recoger e irme. Estaba tan harta de estar allí encerrada que cualquier segundo que perdiese en mi abandono iba a resultarme extremadamente largo. 


Salí del edificio mientras me colocaba la mano sobre mis cejas para tapar los rayos de sol que impactaban en mi cara y deslumbraban mi visión. Sin mirar, agarré el teléfono de mi bolsillo y lo deslicé hacia arriba para sacarlo de allí. Me encontré que mis amigas, aquellos seres histéricos que no podían aguantar sin hablar por el grupo conjunto más de diez minutos, habían organizado una quedada en uno de los bares del centro de Sevilla para dentro de media hora.


Estaba a tan sólo quince minutos a pie del punto de reunión, pero aquel instinto vago que nacía de mí me impedía dar más de diez pasos seguidos. Lo que sí me permitió fue caminar hasta la parada del autobús. Sin embargo, entre el calor sofocante y mi sueño, no creo que pudiese aguantar mucho tiempo esperando.


Sí, lo reconozco también: soy vaga.


Es algo que me gusta decir nada más conozco a alguien para que, después, no le llegue la sorpresa de improviso. A lo lejos de la avenida pude distinguir entre un mar de coches un autobús rojo que se aproximaba. Levanté el brazo para llamar la atención del conductor y este, cuando estuvo a mi altura, detuvo el vehículo y me ofreció subir abriéndome las puertas.


Nada más entré, una bofetada de aire acondicionado revolvió mi cabello. Se estaba bastante mejor dentro que fuera, pero aquel aire, más que satisfactorio, era incómodo. 


Agarrada a una barra para evitar caerme, oteé el móvil a la vez que transitaba las calles sevillanas con un rumbo fijo. Mientras, con la mano que me quedaba libre, revisaba mi Instagram en busca de las últimas publicaciones de la persona que me traía loca desde hacía tiempo: Héctor.


Era un chico de la oficina, no mucho más pequeño que yo. Nos separaban exactamente un total de doscientos treinta y seis días. Cualquier persona en su sano juicio podría pensar que tengo una obsesión algo insana con ese chico, sin embargo, desde mi punto de vista, tampoco era algo tan serio.


Estaba enamorada de mi novio, lógicamente, pero a veces sentía como si mi cuerpo me pidiera más de lo que ya tenía. Necesitaba sentir aquello que no me daban en casa, y no había una mejor forma de conseguirlo que buscándolo en el lugar en el que me pasaba los días sin hacer nada productivo.


Mientras el autobús me llevaba hasta el punto de encuentro, por mi mente se pasó la idea de ir a casa con mi pareja. Quizá aquel era el lugar donde mejor podía estar después de largas jornadas de trabajo.
 

Así que, sin pensarlo más de dos veces, bajé en la siguiente parada y cogí otro autobús con rumbo a mi domicilio particular (por llamarlo de alguna manera).


A los pocos minutos, me encontré a los pies del portal de mi casa. Tenía en alquiler un pequeño domicilio en el barrio de Los Pajaritos. Era ligeramente pequeño. No superaba los sesenta metros cuadrados, era un tercero sin ascensor y tenía que llamar a un técnico cada dos por tres porque se me estropeaban los electrodomésticos casi a diario.


Llegué al tercer piso, ahogada, y metí las llaves en la cerradura. Dentro, trabajando, se encontraba Dylan, el ser omnipotente que me acompañaba desde hacía ya dos años. Entré a su despacho y me acerqué a él a la vez que pasaba los ojos por los párrafos de un papel. 


Besé sus labios sin recibir respuesta alguna. Tenía los ojos inyectados en las líneas de aquel folio y ni siquiera se dignó a decirme «hola». Tomando la iniciativa para evitar mandarle a la mierda, balbuceé:


—¿Qué tal tu día? —Sonreí falsamente.


—Bien… —Sus palabras salían sin vida de su boca. 


—¿Has hecho algo… interesante?


Sacudió la cabeza de un lado a otro sin apartar la vista de aquel puto papel que me estaba robando el protagonismo.


—He anulado una quedada con las chicas…


Pero hubiera sido mejor haber ido.


—¿Y eso?


—Para estar contigo.


Levantó, por fin, la mirada de las letras.


—¿Has cancelado una quedada para venir aquí?


Asentí con la cabeza mientras dejaba el bolso en el suelo.


—He tenido un día duro, ¿sabes? Mi jefe quiere que le entregue pasado mañana veinte informes que aún no he empezado. No sé ni qué voy a hacer.


—¿No puedes trabajar en casa? —soltó con un tono que acompañaba la supuesta obviedad de sus palabras.


—Podría, pero no quiero.
 

—¡Ah! —Regresó al papel—. Pues no te quejes entonces…
 

Bufé y di la conversación por perdida. 
 

Cuando él se metía en su trabajo no había Dios que le sacase y le devolviese a la Tierra.
 

Antes de marcharme, observé por última vez su belleza. Era aquel tipo de hombre perfecto al que no sueles tener acceso. Su piel era ligeramente tostada, combinando con su pelo castaño cortado a capas. Sus cabellos competían con el color de sus ojos, creando un juego de marrones tan común como particular que excitaba de sólo verlo.
Abandoné su despacho a la vez que sacaba el teléfono de mi bolso. Tenía cientos de mensajes de mis amigas preguntando por mi paradero. Ya les dije que cancelaba la quedada por «problemas personales», pero claro, no puedo pretender que la gente crea algo que no creo ni yo.

 

Volví a replantearme lo poco que quedaba de tarde.
 

Me sentía culpable por mis amigas. Haber tomado aquella decisión tan tonta me culpabilizaba de cualquier mal que pudiese haber en aquel grupo. Sin embargo, creía que el empleado del mes iba a hacerme más caso en vez de releer y releer un papel que podía mirar en otro momento.
 

Por mucho que a mis amigas las tratase de convencer de que no, yo era la primera que asumía que mi relación hacía aguas por todas partes. Antes, cuando nos conocimos, todo eran risas y buen rollo. Nos queríamos de forma diferente a como lo hacemos ahora. Después de casi treinta meses, nuestras vidas se han separado. Yo me paso la vida en el trabajo, él encerrado en un despacho y sólo nos vemos para cenar y para dormir.
 

Ya no hacemos esa vida de pareja tan usual entre la gente convencional. De vez en cuando, y si su organismo responde, me cae algún polvo por despecho que luego me recrimina cuando le digo que estoy cansada. Él no entendía que yo tuviese necesidades como todo el mundo y que, aparte de oficinista, también era persona.
 

Eso sí, siempre que iba a una farmacia compraba preservativos. No sabía aún para qué. Supongo que era para quedar bien, no sé si con la farmacéutica o conmigo; porque, después, nunca los usaba.
 

Caminé hacia su despacho de nuevo con ganas de hacer vida de pareja con mi todavía pareja (sí, suena muy irrisorio).
 

—Había pensado en ir hoy al cine. ¿Qué te parece?
 

Bufó.
 

Después, objetó sin tapujos.
 

—Tengo mucho trabajo, Sofía. No puedo gastar el poco tiempo que tengo en chorradas.
 

Ir al cine era una chorrada, echarme un polvo era una chorrada, hacer vida normal era una chorrada… Cada vez tenía más claro que la que era una chorrada era yo.
 

—¿Pero no te apetece hacer nada? Me aburro encerrada en estas cuatro paredes.
 

Se giró hacia mí.
 

—Queda con tus amigas, Sof. Ya sabes que no puedo. Estoy como tú, tengo que entregar esto antes del mes que viene y no me da tiempo.
 

Ya…
 

—¿Y para qué tengo un novio? ¿Para quedar con mis amigas?
 

Caí sobre una silla que tenía pegada a la pared.
 

—Mira, cuando acabe, hacemos todo lo que tú quieras. Pero, hasta entonces, no puedo.
 

—¿Sabes cuál es el problema? Que me llevas diciendo eso dos años, desde que nos conocemos. Y nunca acabas y nunca hacemos nada. Ya me estoy empezando a hartar de tanta responsabilidad extrema por el trabajo, Dylan. ¿Lo entiendes?
 

—Mira —continuó con su tono sevillano—, no voy a explicarte qué significa este trabajo para mí porque seguro no lo entenderías como yo, pero quiero que respetes que para mí esto es lo primero.
 

—¡Ese es tu problema! —Alcé la voz, asqueada—. Que yo siempre soy secundaria en tu vida. Nunca te he importado.
 

Frunció el ceño, centrando aún más sus ojos en los míos.
 

—¿Qué dices? Tú siempre eres lo primero. Pero entiende que, por una vez, tenga prioridades.
 

—Es que llevas dos años priorizando. 
 

Nuestros tonos se volvieron secos. Aquella conversación, que había comenzado con la mejor de las intenciones, se había vuelto de lo más desagradable. Sin embargo, ya estaba empezando a estar ligeramente acostumbrada a ese tipo de conversaciones. Entre nosotros, el sesenta por ciento de ellas acababan de la misma manera: a voces y sin escucharnos el uno al otro.
 

—Mira, Sofía; madura un poquito, que ya no tienes quince años. Aprende que el mundo no gira en torno al sexo, hay más cosas aparte de eso. 
 

—¡Si tú aprendieras a hacer vida con tu pareja, quizá no tendría que estarte mendigando un puto polvo al mes! —reproché.
 

Él suspiró.
 

—Ya te he explicado las cosas. No te lo voy a volver a decir.
 

Salí de su despacho, colérica tras escuchar las palabras provenientes de su boca. Decidí no darle más bombo a aquel tema y dejar que siguiese haciendo aquella vida de pareja tal y como la llevaba haciendo los dos años anteriores.
 

Lo quería, mucho. Podríamos llegar a decir que, como él, no me había hecho igual de feliz nadie. Sin embargo, yo también tenía mis necesidades. No podía permitir que la persona a la que amo pasase horas y horas durante días encerrado entre cuatro paredes y que, lo único que me diga a lo largo del día fuera un «hasta mañana». 
 

Porque, ante todo, yo tenía sentimientos de lujuria hacia él. Pero, por su culpa, comenzaba a tenerlos hacia otros hombres. El problema venía cuando uno de esos hombres trabajaba conmigo todos los días. Siempre que entraba por aquella oficina y veía su rostro, mi cara de asco se desvanecía y se dibujaba en mí una mueca de felicidad absoluta que me hacía olvidar todo lo que no me daba mi novio.

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